“Ningún hombre conoce lo malo que es hasta que no ha tratado de esforzarse por dejar de serlo”. Clive Staples Lewis.
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sábado, 25 de mayo de 2013

AQUÍ HUELE A MUERTO (¡PUES YO NO HE SIDO!) (1989)


Dir. Álvaro Sáenz de Heredia.

El arruinado conde de Capra Negra, acompañado por su criado, Antoine, viaja al norte de Turquía a reclamar la herencia de su difunto tío, el barón de Somolskaia, fallecido en extrañas circunstancias. Pero para conseguir la fortuna deberá antes enfrentarse a la maldición que pesa sobre el castillo familiar.

Siete años después de participar en Buenas noches, señor monstruo (1982), Paul Naschy era nuevamente reclamado para incorporar su sempiterno papel de hombre lobo en una comedia de tintes terroríficos titulada Aquí huele a muerto… (¡Pues yo no he sido!) (1989). Una vez más, la presencia del astro madrileño en un film de estas características estaría en buena parte propiciada por su condición de icono patrio del cine de terror, procurándose la película con su participación una especie de patente de corso a la hora de llevar a cabo su propuesta, al tiempo que rendía un pequeño guiño a los aficionados del género parodiado. Pero más allá del reconocimiento hacia la figura de Naschy que suponía tal gesto, su existencia también obedecía a la imitación de un modelo predeterminado en base al cual sería construida toda la cinta. En efecto, como ya ocurriera en Buenas noches, señor monstruo,Aquí huele a muerto… (¡Pues yo no he sido!) sería proyectada siguiendo la fórmula patentada por Abbott y Costello contra los fantasmas (Bud Abbott & Lou Costello Meet Frankenstein, 1948), si bien con el añadido de un detalle argumental directamente extraído de otro título clásico de la Universal, La marca del vampiro (Mark of the Vampire, 1935) de Tod Browning, tal y como el propio Naschy se encargaría de señalar en sus Memorias de un hombre lobo.

Al igual que en el original en que se inspira, dicho patrón sería puesto al servicio de la comicidad de un popular dúo humorístico, en este caso el formado por Josema Yuste y Millán Salcedo, “Martes y Trece”, quienes por entonces se encontraban en el punto más álgido de su carrera gracias a sus recordados especiales de Nochevieja para Televisión Española. Ni qué decir tiene que el origen de la película estaba, precisamente, en aprovechar el tirón mediático del que gozaban sus protagonistas y que se reflejaba en las altas audiencias con las que contaban sus programas. Aunque a decir verdad, la idea tampoco es que fuera demasiada novedosa. Ya en sus inicios, a comienzos de la década, “Martes y Trece” habían protagonizado un par de películas cuando aún eran un trío. Curiosamente, la segunda de estas cintas, La loca historia de los tres mosqueteros (1983) de Mariano Ozores, era también una versión paródica, si bien en su caso de los célebres personajes creados por Alexandre Dumas (padre).
Sobre el papel, los planteamientos del film estaban bien claros. Pero, a la hora de la verdad, el mismo humor que estaba marcando una época en nuestro país mediante las intervenciones de la pareja en la caja tonta reveló no ser tan efectivo en su traslación a la gran pantalla. Uno de los principales escollos estribaría en sus singulares particularidades. Para empezar, el humor esperpéntico y surrealista de “Martes y Trece” estaba principalmente pensado para ser explotado bajo el formatosketch, residiendo gran parte de su potencial en la capacidad de la pareja para incorporar sus singulares morcillas, muecas, muletillas, expresiones y dejes que con el tiempo se convertirían en marca de la casa. Es algo conocido que su gag más mítico, el de “Encanna y la empanadilla”, fue fruto de la improvisación. Sin embargo, al ser adaptado este estilo a un medio tan planificado y codificado como el cine, todo su grado de espontaneidad acabaría por perderse en el camino, limitándose la labor de sus dos protagonistas a ilustrar de forma cansina y machacona las supuestas gracias ideadas por terceros con sus tics más conocidos.
No deja de ser significativo en este sentido que la práctica totalidad de las mejores ocurrencias de la cinta se agolpen durante sus primeros compases, justo en el momento en que son definidos los roles a interpretar por los dos humoristas y cuando estos gozan de una mayor libertad al apenas compartir escenas con otros actores. Por el contrario, una vez son sometidos a las necesidades derivadas de narrar una historia y, con ello, a interactuar con otros personajes, la película entra en una deriva de la que no escapará ni con la presencia de unos sosias del Conde Drácula, el hombre lobo y el monstruo de Frankenstein. A ello tampoco ayuda un guion que cae en el doble sinsentido de procurar que su sucesión de gags humorísticos obedezcan a cierta lógica a través de una trama que carece de cualquier rastro de ella, así como una plana realización más preocupada por remarcar los generosos escotes exhibidos por la, por otra parte, bien dotada Ana Álvarez, que de conferir algo de entidad cinematográfica a tan prefabricado producto.
Contra todo pronóstico dados sus pobres resultados cinematográficos, Aquí huele a muerto… (¡Pues yo no he sido!) resultó ser un inmejorable negocio. Un millón y medio largo de personas acudirían a las salas de cine donde se proyectaba una película que recaudaría más de quinientos millones de pesetas, convirtiéndose en uno de los títulos más taquilleros de la historia de nuestra industria. Semejante éxito provocaría que apenas un año después sus principales responsables volvieran a reunirse para probar fortuna con El robobo de la jojoya, en la que se intentaba de adoptar un tono más cercano al de sus actuaciones televisivas, sin que ello repercutiera en una cinta de un nivel superior al de la presente, sino más bien todo lo contrario. Además, Aquí huele a muerto… (¡Pues yo no he sido!) también marcaría un punto de inflexión en la carrera de su director y guionista, Álvaro Sáenz de Heredia, quien desde entonces se especializaría en la confección de vehículos para el lucimiento de los cómicos del momento desarrollados siempre bajo las formas de parodia genérica, retomando la ambientación terrorífica en, al menos, otras dos ocasiones. Lo haría en 1997 con Brácula: Condemor II, a mayor gloria de Chiquito de la Calzada y, más recientemente, con La venganza de Ira Vamp (2010), adaptación de la obra teatral Una pareja de miedo en la que volvía a coincidir, veinte años después, con un Josema Yuste que esta vez se hacía acompañar del también cómico Florentino Fernández “Flo”.
José Luis Salvador Estébenez

jueves, 25 de abril de 2013

BUENAS NOCHES, SEÑOR MONSTRUO (1982)


Dir. Antonio Mercero

Tras perderse en una excursión del colegio, cuatro muchachos buscan refugio en un castillo en el que habitan Drácula, el hombre lobo, Quasimodo, el doctor Frankenstein y su criatura. La visita de los jóvenes hará que los viejos monstruos traten de reverdecer viejos laureles tratándoles de asustar. Pero sus planes no saldrán según lo planeado, recibiendo un escarmiento por parte de los muchachos.



Durante la primera mitad de los años ochenta la música infantil española vivió su particular edad de oro. Teresa Rabal, Enrique y Ana y el grupo Parchís serían la punta de lanza de un movimiento que llegaría a copar las listas de venta de España y buena parte de Latinoamérica, originando a su alrededor  todo un fenómeno sociológico. Como no podía ser de otro modo, semejante popularidad trajo consigo el que muchos de estos artistas desembarcaran en la gran pantalla en una jugada comercial que, en la mayoría de los casos, obedecía antes a cuestiones de mercado que a una verdadera demanda por parte del público, siendo empleadas estas películas como una especie de altavoz para dar a conocer los lanzamientos discográficos de los respectivos artistas. Sea como fuere, lo cierto es que en aquel lustro se produciría un goteo constante de este tipo de productos que, junto a otros esfuerzos aislados como, por ejemplo, la horrenda adaptación que de los personajes creados por Escobar “Zipi y Zape” perpetrara el erotómano Enrique Guevara, contribuirían a que el cine infantil cobrara un pequeño auge dentro de nuestra industria.

En este contexto, el siempre atento José Frade decidió en 1982 sumarse a la moda del momento produciendo un film de estas características a mayor gloria de Regaliz, formación diseñada a imagen y semejanza de Parchís por idéntica compañía discográfica, y que el año anterior había protagonizado su primera incursión en el medio con La rebelión de los pájaros. Para llevar a cabo este proyecto, el productor madrileño escogería a Antonio Mercero, director con el que pocos años antes había conseguido un gran éxito gracias a otra película con críos, aunque de muy diferente tono: La guerra de papá (1977), adaptación al medio de la novela de Miguel Delibes El príncipe destronado (1973). Pero además de su demostrada buena mano en la siempre difícil tarea de la dirección de niños, en la elección del guipuzcoano también tendría mucho que ver el buen momento en el que se hallaba su carrera tras haber realizadoVerano azul (1981), sin lugar a dudas uno de los iconos más importantes de la televisión en España. Así parece corroborarlo la futura presencia en el reparto de Miguel Ángel Valero, el célebre Piraña de la teleserie tal y como el cartel original de la película se encargaría de resaltar.

Perfilados pues los principales nombres sobre los que debía recaer el peso de la cinta, se decidió que esta se inscribiera dentro de los parámetros de la parodia terrorífica. No en vano, por aquellas mismas fechas Frade había logrado unos estimables resultados  económicos con una serie de cintas en los que los ambientes terroríficos se mixturaban con la típica comedia de destape tan cara a la época, por lo que entraba dentro de lo lógico que el avispado productor tratara de seguir exprimiendo el filón descubierto. Sin embargo, este modelo presentaba el inconveniente de no resultar muy adecuado para un film destinado a los más pequeños de la casa. Por tal motivo, en lugar de Polvos mágicos y su caterva de derivaciones, el principal espejo en el que se miraría Buenas noches, señor monstruo sería el de la más neutra, añeja e influyente Abbott y Costello contra los fantasmas (Abbott and Costello Meet Frankenstein, 1948).

Tanto es así que no solo compartiría con la película del dúo humorístico norteamericano su pretensión de utilizar a los monstruos clásicos de la Universal como mera chirigota al servicio de sus “estrellas” protagonistas. Al igual que en ella, para dar vida a algunos de los terroríficos seres reunidos en su metraje serían contratados varios actores autóctonos estrechamente ligados con el género fantástico. De este modo, Paul Naschy[1] se encargaría de interpretar por enésima vez a lo largo de su trayectoria el papel de licántropo, en tanto que Fernando Bilbao haría lo propio con el de la criatura, retomando así el personaje que desempeñara una década antes en el desquiciado díptico de Jesús Franco formado por Drácula contra Frankenstein (1972) yLa maldición de Frankenstein (1974). Junto a Naschy y Bilbao la galería de monstruos sería completada con el concurso de Andrés Mejuto en el rol del doctor, un joven Guillermo Montesinos en el de Quasimodo, y el siempre entrañable Luis Escobar como el conde Drácula, actor al que es dedicado un pequeño guiño mediante la mención de su irrepetible rol en la coetánea trilogíaNacional de Luis García Berlanga.

A tenor de lo hasta ahora expuesto huelga recalcar, una vez más, la naturaleza de producto coyuntural con la que fue concebidaBuenas noches, señor monstruo. Algo que, por otra parte, queda suficientemente claro desde el propio arranque de la cinta, con la llegada de los integrantes de Regaliz a un lúgubre y remoto castillo habitado por la lista de monstruos enumerada más arriba, con la disculpa de pedir asilo para pasar la noche después de haberse perdido en una excursión colegial en el campo. Ni que decir tiene que tan tópico y escueto punto de partida, así como su consiguiente desarrollo, no es sino un subterfugio como otro cualquiera sobre el que dar cabida a una interminable sucesión de números musicales y gags humorísticos, pensados única y exclusivamente para el lucimiento de sus jóvenes cantores.

Un contenido que, no por esperado, sorprende por la simpleza y esquematismo con la que es ejecutado por un director del renombre de Mercero, sin historia, ni personajes ni nada que se le parezca. En este sentido, resulta especialmente significativo el que apenas se mencione el nombre de los personajes interpretados por los miembros de Regaliz, como si la personalidad de estos fuera un solo ente o, en su defecto, intercambiable entre los cuatro integrantes de la formación. Puestos a buscarle valores, el único elemento capaz de ofrecer un mínimo de interés dentro de tan desvaído conjunto está en las relecturas que se pueden extraer del acoso al que Drácula, el hombre lobo y Quasimodo someten a las dos preadolescentes féminas; los unos acechándolas en su dormitorio y el otro persiguiéndolas en calzoncillos. Máxime, habida cuenta de las connotaciones sexuales que anidan en el ADN de estos tres mitos, si bien sea bastante evidente que tal pretensión estaba lejos de la voluntad del responsable de Farmacia de guardia (1991-1995).

Pero a pesar de que su entidad como obra cinematográfica sea más bien discreta, por no decir nula, lo que nadie puede discutir aBuenas noches, señor monstruo es el de ser un producto honrado y consecuente con sus objetivos. Su ansiado triunfo comercial quedaría refrendado por los más de trescientos mil espectadores que pasaron por taquilla en el momento de su estreno, dejando la nada despreciable cantidad de cincuenta y cinco millones de pesetas de la época, según los datos recogidos en la web del Ministerio de Cultura. Por si fuera poco, el transcurrir de los años acabaría por convertirle en el film señero de su aludida corriente genérica, logrando incluso un estatus de culto entre ciertos grupos de nostálgicos crecidos ante sus imágenes, quien sabe si como recuerdo de la inocencia perdida.



Nada que objetar a todo ello si no fuera por el discurso que subyace bajo su trama. Y es que tras su pretendida fachada de cariñoso homenaje a los monstruos de siempre se esconde una poco disimulada burla dirigida hacia estos. Desde el tema musical que da nombre a la película y abre su metraje, hasta su mismísimo desenlace, en el que los monstruos quedan relegados a mera atracción del Museo de Cera, todo el relato se articula echando mano de la misma idea: la supuesta decrepitud y desgaste en la que para aquel entonces se encontraban los más importante mitos del género terrorífico, incapaces siquiera ya de asustar a un grupo de colegiales. Una opinión que no podía estar más equivocada como el tiempo se encargaría de demostrar. Mientras que el grupo Regaliz acabaría por disolverse apenas un año después de la realización de la película, Drácula, Frankenstein, el hombre lobo y compañía continuarían siendo empleados para atemorizar a las nuevas generaciones de jóvenes y pequeños hasta llegar a nuestros días.

José Luis Salvador Estébenez


[1] Es de destacar que las fuentes cercanas a Naschy siempre han mantenido que el proyecto original de Buenas noches, señor monstruo era hacer una película de terror puro y duro, pero que las circunstancias provocarían que acabara convirtiéndose en lo que hoy conocemos. Así lo expresa Ángel Agudo en Paul Naschy. La máscara de Jacinto Molina (Editorial Scifiworld, 2009) y así lo mantienen Adolfo Camilo y Luis Vigil en la filmografía comentada que acompaña a las Memorias de un hombre lobo del propio Naschy (Alberto Santos Editor, 1997), yendo incluso un poco más allá. Según los dos estudiosos, en el guion  original era un grupo de turistas las que iban a parar al castillo de tan siniestros inquilinos.

sábado, 10 de diciembre de 2011

EL CLUB DE LOS MONSTRUOS (1981)


Dir. Roy Ward Baker.

Roy Ward Baker, director cuya carrera se vio estrechamente ligada a la Hammer con joyas como Kung fu contra los siete vampiros de oro, Las cicatrices de Drácula o Dr. Jekyll y su hermana Hyde, también tuvo algo de que ver con la productora rival de ésta, la Amicus, ya que en 1972 dirigió bajo su sello Refugio macabro y en 1980 realizó la primera película producida por Milton Subotsky tras la muerte de la Amicus Productions, y cuyo nombre es El club de los monstruos.


Dicha película cuenta tres historias de terror diferentes que están basadas en los relatos de Ronald Chetwynd-Hayes recogidos en su libro homónimo The Monster Club. Con ella, Subotsky intentaba recobrar el espíritu de terror de la mítica productora y darle un aire renovado interconectando los cortos de terror con unos temas musicales más actuales de grupos como Night, The Pretty Things, Brian A. Robertson o UB 40, obteniendo unos resultados de lo más irregulares. Y es que, si bien las canciones son de una calidad indudable, todos están filmados de una manera tosca, pobrísima y sin ningún atisbo de originalidad salvo, quizás, el tema de The Stripper Song de Night, en el que veremos un striptease con final “sorpresa” recreado mediante animación, y que, si lo comparamos con el Sucker for your Love entonado por Brian A. Robertson, rodado en un solo plano lleno de zooms sin sentido, nos parecerá una master piece.


Pero bueno, dejando de lado los momentos musicales del film que resulta más que obvio que son lo menos interesante, habría que centrarse en las historias de terror que un cortés vampiro encarnado por el mítico Vincent Price le cuenta a John Carradine. Tres historias de lo más variopintas y que giran en torno a un árbol genealógico encabezado por los tres monstruos principales del imaginario popular: el vampiro, el hombre lobo y el fantasma.


La primera historia, se podría decir que la más floja de todas, nos relata el intento de robo de una mujer a un misterioso anticuario (mitad licántropo, vampiro y fantasma), cuyo silbido mortal resultará el arma perfecta para llevar a cabo su venganza. La segunda, presentada en el disco-club por un productor de cine llamado Lintom Busotsky, en clara referencia al propio productor de la cinta, trata sobre una familia de vampiros que se verá perseguida por una especie de Van Helsing encarnado por Donald Pleasence y que resultará la única de las tres historias adornada con unas notas de humor bastante socarrón. Por último, en la tercera historia, la más conseguida de todas, un director de cine encarnado por Stuart Whitman buscará algunos exteriores para su película de terror e irá a parar a un pueblo habitado por unos misteriosos encapuchados zombificados que parecen salidos de El último hombre… vivo (The Omega Man, 1971) de Boris Sagal, que impedirán que se marche del pueblo.


El bueno de Subotsky.
Si bien parece que la película no consigue encontrar una línea definida, - las “psicodélicas” escenas de la discoteca brillan por ser precariamente chapuceras (el maquillaje de los monstruos, sin ir más lejos, parecen simples caretas de pega) -, habría que (saber) reconocer cierto merito al menos en la ambientación de las historias de terror y el esmero que Roy Ward Baker pone en cada una ellas. Así pues, la desgana que se percibe durante los momentos “discotequeros” en los que Vincent Price y un desmejorado John Carradine (con las manos deformadas por la artrosis) hacen lo que pueden, eclipsan los aciertos casuales (o no) que pudiéramos encontrar durante los tres cortes terroríficos. Es por ese motivo que ni el director, ni su plantel de viejas estrellas consiguen sacar adelante una película ya de por sí demasiado difícil. De ahí la suerte que corrió comercialmente y como Subotsky tuvo que abandonar su intento de retomar las películas de episodios de la Amicus con el rabo entre las piernas. Puede que el terror de aquella época, más abocado al slasher que a las historias clásicas de miedo con vampiros, hombres lobo y fantasmas, hicieran que El club de los monstruos fracasara estrepitosamente y que su exquisito mensaje final, mostrando al ser humano como el monstruo más sanguinario de todos, no sorprendiera a nadie. ¿A caso Viernes 13 [Sean S. Cunningham, 1980] o La noche de Halloween [John Carpenter, 1978] no nos habían mostrado ya de que eran capaces los hombres?




En lo que respecta a los hombres lobo... La única incursión propiamente dicha que encontramos en la película es en mitad del guateque... donde, de refilón, aparece uno, ¡con gafas y pajarita! 
Y eso es todo... ¡Hasta la próxima luna llena!



sábado, 13 de agosto de 2011

FULL MOON HIGH (1981)

Larry Cohen, maestro de maestros, creador de la trilogía Estoy vivo y Maniac Cop (esta última dirigida por su gran amigo William Lustig), se inmiscuyó a principios de los 80 en una comedia licántropa aprovechando el enorme éxito de los dos buques insignia de la época: Aullidos y (más concretamente) Un hombre lobo americano en Londres. Pero por si eso no bastara, aquí el bueno de Cohen aprovechaba la ocasión para realizar una especie de spoof o comedia alocada muy al estilo de Aterriza como puedas (otro éxito de principios de la década). Por este motivo no nos ha de extrañar que la película desarrolle un pequeño pasaje a modo de gag, en el interior de un vuelo en el que un grupo de terroristas cubanos intentan hacerse con el control del avión, mientras que nuestro protagonista se transforma en alobado. Como es de esperar, Full Moon High no podía tener resultados más dispares y extraños, pues aunque es bien sabido que Cohen sabe dotar de momentos cómicos a algunas de sus películas de género, el terreno claramente cómico por el que intenta hacernos pasar con esta película no consigue salir a flote y tan sólo logra salir airoso en contadas ocasiones: sirva de ejemplo que nuestro hombre lobo muerda las posaderas de bellas damiselas (y las de algún maromo con el pelo largo), le robe un autobús a un negro y 20 años más tarde se meta accidentalmente en un taxi conducido por el mismo, o la divertida escena en la que sin querer un policía dispara a la cámara y el objetivo se rompe en mil pedazos, entonces Alan Arkin, encarnando a un psiquiatra un poco hijodeperra, nos explica que lamentablemente el espectador se va a perder los mejores efectos especiales de la película por culpa de este pequeño percance... Y es que esa es otra, lejos de continuar con los hallazgos de Bottin o Baker, en lo que respecta los fx son totalmente omitidos o poco elaborados, y el maquillaje que luce Adam Arkin en la película está más próximo a El lobo humano, el clásico de la Universal del 35, que de cualquier otra producción más reciente. Además, la utilización que Cohen hace de la música evoca sin ningún disimulo a la ya comentada Un hombre americano en Londres, ya que durante una de las primeras (mini) "transformaciones" (realizadas con un par de fundidos y listo) escucharemos de fondo la canción "Meet me in the moonlight", - canción de ribetes clásicos escrita por la (por aquel entonces) esposa de Larry Cohen, Janelle Webb -, para así crear el mismo efecto que producía la famosísima transformación de la película de Landis en la que se escuchaba el tema "Blue Moon". Por lo demás, pues... ¿qué tal si contamos de que va esta película?

Tony (Adam Arkin) es un joven que goza de gran popularidad en el instituto gracias a su buen físico y por conseguir que el equipo de rugby del instituto Full Moon, gane a su eterno rival: los Simpson. Lamentablemente su prometedora carrera deportista es interrumpida cuando su padre, un americano de los píes a cabeza, le pide que lo acompañe en una misión secreta al mismísimo corazón de Rumania. Allí, mientras su padre coquetea con un par de prostitutas del este, nuestro joven protagonista será mordido por un hombre lobo, no sin antes, haber sido advertido por una adivina que le dice estaba marcado por la marca del pentágono... ¡digo del pentagrama! (Aquí vemos un pequeño ¿homenaje? al Hombre lobo de Washington). Una vez de vuelta, Tony verá como se transforma en lobo durante las noches de plenilunio y durante éstas propiciará unos pequeños mordiscos en el trasero de las jovencitas (sin que tengan mayores consecuencias en las víctimas, es decir, ni mueren ni se transforman en lobas/os). Los años no pasan por él, así que nuestro desdichado inmortal consigue sobrevivir durante años viajando de un lado para otro, hasta que decide volver al instituto Full Moon para ganar, una vez más, al equipo de los Simpson. 

Pese a que esto de los hombres lobos adolescentes no es nada nuevo, - ahí tenemos I was a teenage werewolf, con nuestro queridísimo Michael Landon -, si que se podría decir que, de algún modo, Full Moon High serviría de base, - sólo de base -, al venidero (y oportunista [*]) éxito De pelo en pecho, protagonizado por Michael J. Fox, ya que, si bien es verdad que el tono paródico de la película de Cohen no es utilizado en Teen Wolf, podríamos encontrar ciertos paralelismos entre una y otra. En definitiva, no es una mala película, pero Full Moon High deja bastante que desear, siendo únicamente disfrutable para aquellos que tengan la risa floja o para aquellos espectadores poco exigentes... Como yo.
Hasta la próxima luna llena...¡Auuuuuuu...!


(*) Pues estuvo propiciado por el film Regreso al futuro. Aquí en España, Teen Wolf se estrenó después que la película de Zemeckis.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un hombre lobo americano en Londres vs Aullidos


Un hombre lobo americano en Londres por Rufus.

John Landis, conocido director de comedias como Desmadre a la Americana, Entre Pillos anda el juego o El Príncipe de Zamunda, tuvo la acertada idea de dirigir en 1981 este valioso film de hombres-lobo. ¿Y por qué llamo "valioso film" a esta película?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué no me decanté por Aullidos? Verán, Aullidos es un maravilloso film, constituido por la dirección de un gran director como Joe Dante, con una excelente fotografía, una deliciosa banda sonora (de ambiente terrorífico y onírico) creada por Pino Donaggio (Vestida para Matar, de Brian de Palma 1980), y unos increíbles efectos especiales de Rob Bottin, - los cuales paradójicamente fueron diseñados originalmente por Rick Baker y que abandonó al estar comprometido con Landis, pasando así el encargo a su alumno (Bottin). Esos diseños derivaron en los hombres lobos de orejas largas que vimos en el film de Dante y a Baker le tocó rediseñar a la bestia.


¿Qué se puede decir, en el caso de Aullidos, de por ejemplo Dee Wallace Stone o de Robert Picardo que no sea que son unos interpretes maravillosos? O John Carradine, el padre del clan de actores, que realizó un entrañable papel para la película; o esa loba (en el doble uso de la palabra), llamada Marsha y que encarnó Elizabeth Brooks. Todo estupendo, pero ahí no estiba la importancia de la película en lo que se refiere a compararla con el film de Landis. Veran, Aullidos es un film "a la antigua usanza" de terror. Utilizo este término no para hacer alusión a los clásicos de la Universal como The Wolfman (George Wagner 1941) con Lon Chaney Jr, o el clásico de la Hammer La Maldición del Hombre lobo (Terence Fisher 1961) interpretada por Oliver Reed. Utilizo el término a la "antígua usanza" porque Aullídos es una película en la que al comenzar tiene un ambiente que es sin duda de puro terror, posee unos personajes perfectamente estructurados de manera que sabemos qué función tienen cada uno y el perfil que estos poseen (desde el malvado licántropo hasta el bueno de la película). Es una película de terror en el sentido estricto de la palabra; dándonos a veces ese agradable sabor que tuvieron los tebeos de la E.C, pero hecho para un público conocedor de este género que ya ha madurado y conoce a este tipo de monstruos. Si me permiten la expresión, Aullidos es como si se tratase de un largometraje de "Tales from The Crypt" con un buen presupuesto y con un guión menos canalla y más chicha.


John Landis, por su parte, acostumbrado a la comedia, logró con esta película acercar a la vida real y/o cotidiana los monstruos clásicos. ¿Qué ocurriría si un hombre con los dientes como patatas fritas se nos acerca haciendo "uuuuuhhh-uuuuuh!!!" hacia nosotros? Pues la reacción más natural sería mandarlo a paseo o reírnos de él. Pero qué ocurre realmente si ese de los dientes es un monstruo de verdad, ¿cómo lo recibimos, como actuamos? Sólo Landis pudo hacer eso, es decir, él fue capaz de hacer que funcionase la existencia de lo irreal en el mundo real de un modo excelente. Nos hizo plantearnos situaciones terroríficas como si esos monstruos existieran de verdad...

¿Da demasiada risa para que de miedo o da demasiado miedo para que risa? El horror de lo sobrenatural irrumpe en la vida de dos amigos universitarios que son carne y uña. Ambos están haciendo ese tipo de viajes que tanto les gusta hacer a los universitarios: a la aventura y descubriendo mundo. Aunque en este caso por las profundas zonas de la Inglaterra rural. Como amigos que son hablan de cosas cotidianas (charlas que cualquiera de ustedes mantendrían con su amigo del alma si estuvieran dando un paseo). En este caso Jack Goodman (interpretado por el genial Griffin Dune) le cuenta a su mejor amigo David Kessler (David Naughton) lo mucho que le gustaría acostarse con Debbie Clane, su amor platónico desde la infancia. Agasajados por el frío y por el hambre llegan a un pub donde no son recibidos con amabilidad (debido a razones que ustedes tienen que imaginarse perfectamente). A pesar de ello les dejan pasar, y Jack y David se preguntan porqué hay un extraño símbolo de protección en la pared del pub (llegando ha hacer algunas elucubraciones sobre símbolos de protección para hombres lobo, como le dice Jack a David haciendo alusión al El Hombre Lobo de Lon Chaney Jr y la marca del hombre lobo que lucía en el film). Más tarde acaban saliendo del pub y se desvían de la carretera llegando a perderse por los páramos a pesar de los avisos de la gente del pueblo [*]. Pero, ¿quien de jovencito no ha hecho caso omiso a las advertencias de peligros y ha actuado como si tuviera toda una vida por delante?

Jack es brutalmente atacado por un lobo enorme el cual deja un cadáver destrozado y sanguinolento. Esta es otra escena que Landis hizo con mucho ojo, pues si en la vida real puede llegara a ocurrir esto, es muy probable que el otro amigo instintivamente huya (aunque a mitad se arrepienta y vuelva a socorrerlo cuando ya es demasiado tarde). Así pues, David es atacado de nuevo por la bestia y consigue salvarse cuando la gente del pueblo la abate a tiros, resultando (SPOILER) ser que el licántropo era en realidad el pastor que les lleva en su camión de ovejas hasta el pueblo donde transcurre todo (una extraña simbología donde el lobo es a la vez el que protege al rebaño). Durante ese estado de convalecencia, David está siendo atendido por médicos y enfermeras, y mientras permanece en su estado de semiinconsciencia comienza a fundir las palabras de estos con los hechos acontecidos en una serie de sueños extraños y pesadillas (muy simbólicas, sobretodo una vez se ha visto el film). Seguramente que después de haber tenido un trauma, nos ocurriría algo parecido. ¿Es perfectamente normal, no? David allí conoce a una enfermera; la enfermera Alex interpretada por Jenny Agutter (La fuga de Logan, 1977), con la que entabla una estrecha relación. De hecho le hace mucha compañía y le lee "Un Yanki en la Corte del Rey Arturo"… cosa bastante curiosa pues este libro se podría incluso entender irónicamente como una versión terrorífica del título que reza el mismo nombre del film.


Durante la película a David se le aparece de una manera fantasmagórica, o mas bien terrorífica, como si de un muerto viviente se tratase, su mejor amigo Jack. Pero no se le aparece de una manera clásica, con una voz de ultratumba y haciendo aspavientos. No olvidemos que hablamos del mejor amigo de David, así que lo primero que le cuenta Jack a David mientras le gorronea su desayuno (típico de amigo cuya confianza da asco), es que Debbie Clane fué a su entierro; que lloró mucho, pero se fue a buscar consuelo acostándose con un notas que ambos conocen. Landis hizo con este diálogo algo maravilloso y genial; pues no es un fantasma que viene a asustarte... Estamos frente a dos amigos que hablan de cotilleos como si nada hubiera ocurrido. Sin duda Landis demuestra fundir el terror con la vida cotidiana de una manera que funcione de manera conmovedora. Pero no todo es bonito, Jack ha venido a contarle a su amigo lo qué ocurrió de verdad y como tiene que acabar todo esto. No se lo dice para asustarlo, se lo dice porque es su amigo, lo quiere y no quiere que sufra o que haga los actos horribles a los que está destinado un hombre que lleva la marca de la bestia. ¿Pero qué puede pensar un hombre en la vida real? Sencillamente que está perdiendo la cabeza. David es un hombre joven bueno y lleno de pasiones, y asustado busca consuelo con Alex, con la que terminará teniendo una relación amorosa.
Pero Jack vuelve para continuar atormentando a David (no, atormentarlo no, es su amigo, solo lo avisa, no puede hacer más, está muerto...muerto viviente), Pero David aparte de pensar que cada vez está peor de la cabeza comienza a enfadarse con su amigo fantasma por decirle cosas que él no está dispuesto a aceptar... Alex frente a la aptitud de David piensa que solo se culpa a si mismo de lo que ocurrió (algo muy comprensivo, y muy real, pues no olvidemos que estamos hablando de una historia que ocurre en el mundo real que todos conocemos).


Pero ocurre lo inevitable; se convierte en una bestia en posiblemente la mejor metamorfósis orquestada por Rick Baker y contrastada con la versión de Sam Cooke de "Blue Moon" (muy interesante contraste; pues hasta entonces las metamorfosis de las peliculas de licántropos iban acompañadas de una música terrorífica). En Aullidos la transformación que vemos es una transformación la cual es dominada a voluntad, donde el licántropo experimenta una sensación de placer y adrenalina. Pero esta transformación es con diferencia más dramática. Hasta la fecha de entonces las transformaciones de hombre a bestia se componían a base de poner plano sobre plano hasta dar con el especto final del monstruo. En el film de Landis la transformación que vemos es una transformación en la que se plantea qué ocurriría cuando tus huesos se retuercen o tus músculos se estiran de una manera antinatural. Obviamente que te dolería de una manera espantosa... ¿Se imaginan lo que debe doler que tu tabique nasal se estire junto a tu mandíbula? Todo eso y más se ve durante esta terrorífica (y a la vista muy dolorosa) metamorfosis. Cuando David despierta desnudo en un zoo sin saber como ha llegado ahí, se encuentra para su sorpresa pletórico y lleno de energía (esto es un clásico en los licántropos, pues una vez se transforman, al día siguiente se sienten estupendamente, con un gran apetito por la comida, el sexo, etc...). Durante el transcurso de una escena él se entera de unos crímenes acaecidos la noche anterior en diversos puntos de Londres e instintivamente sabe que ha sido él. Así que intenta mantener lejos de sí mismo a Alex, pues ahora la ama y no quiere hacerle daño, solo quiere que lo detengan. De hecho intenta suicidarse no sin antes llamar a su familia de la cual solo logra hablar con su hermana de diez años en uno de los diálogos más conmovedores de la película; pues él se está despidiendo de ella y ella no le entiende.


Ahora damos con la última vez que verá a Jack el cual le cita para hablar en privado en un cine porno. Su aspecto es horrible, pero no tan horrible a como se siente David. David le pide disculpas como solo un amigo arrepentido es capaz. ¿Quien no se ha encontrado pidiéndole perdón a un amigo íntimo consciente del error que ha cometido? De nuevo Landis nos aparta del terror solo para hacernos entrar en un cotidiano diálogo de dos amigos donde uno le dice al otro el pedazo de idiota que es ("si estuviera vivo te diría que sí; que te lo dije, pero sí... te avisé... capullo"). Pero ahora Jack no está solo, le presenta a más victimas que David ha matado la noche anterior y estos le agasajan (algunos de una manera y comprensiblemente más violenta que otros), y le piden que se suicide. Tal es la tensión entre estos muertos vivientes que Jack, más descompuesto que nadie, tiene que ponerse a defender a su amigo empezando a enfadarse con algunos de los no muertos. Esta escena sería conmovedora de lo corriente que es, sino fuera porque estamos hablando de muertos vivientes condenados a caminar por la tierra hasta que el último Hombre-Lobo muera.


A mi humilde entender pienso que Un Hombre Lobo Americano en Londres es pues casi un melodrama que habla de amor y amistad. Un film que aborda como funciona lo sobrenatural en el mundo "real", utilizando como trasfondo la deliciosa música de Elmer Bernestein (Thriller, 1982), que compone una banda sonora melancólica y que nada tiene que ver con la terrorífica y (repito) onírica banda sonora de Pino Donaggio.


Aquí les dejo este video, en el que vemos la metamorfosis de la peli de Landis, pero en lugar de la canción de Sam Cooke, tiene el score original de Elmer Bernstein... Tremendo.





Aullidos por Juan Pedro Rodríguez.

Se podría decir que los 80 fue la edad dorada de los films sobre licántropos, y buena parte de culpa la tiene estas dos míticas películas que no solo pusieron de moda este género, si no que revolucionaron el mundo de los efectos especiales de una vez por todas. Rick Baker, el original encargado de elaborar los fx de la película de Dante, tuvo que abandonar Aullidos, tal y como se dice en la reseña anterior, por su compromiso con John Landis, director que venía de dirigir dos éxitos de la talla de Desmadre a la americana y sobretodo, Granujas a todo ritmo, y con el que ya había colaborado en El Monstruo de las Bananas, diseñando el gorila de la película. Así pues, le pasó algunas instrucciones a uno de sus aventajados alumnos, y de ese modo Rob Bottin, pasó a desarrollar las increíbles transformaciones que se dan durante el film (en las que incluso llegó a utilizar preservativos que al hincharlos debajo del maquillaje y los ropajes, daba la sensación de que estabamos asistiendo a mutación en vivo y en directo, y además lo más importante, todo ello sobre el mismísimo actor).


No cabe decir, que por ese motivo, por tener ese estatus de precursoras (aunque Aullidos se estrenó antes que la película de Landis), siempre haya existido cierta rivalidad entre ambas. Como todo el mundo sabrá, estamos ante dos películas de indudable calidad y con muy buenos aciertos. En el caso Un hombre americano en Londres, contamos con el ingenioso uso de la música que Landis utilizó para la película, llegando a utilizar una canción como Blue Moon de Sam Cooke, para la espectacular metamorfosis de nuestro desdichado protagonista (David Naughton), u otorgar de cierto humor algunas escenas en teoría dramáticas-terroríficas (véase cuando Naughton implora que le encierren y comienza a despotricar contra la reina y Shakespeare, o la escena en la que comienza a transformarse en un cine porno ante la atenta mirada del acomodador que, en pocas palabras, piensa que se la está cascando). Pero el principal problema que estriba la película de Landis, es que sus indudables hallazgos se quedan a medio gas. La historia, que en realidad bien podría ser la típica historia de dos amigos que se separan por una mujer, no consigue aposentarse en ningún género en concreto. La música por su parte, aún siendo original debido al tratamiento atípico (para una película de terror) que le aporta Landis, hace aguas en otros tantos, ya que, al escuchar algunas hermosas partituras de Elmer Bernestein, con ciertos ribetes dramáticos, no hacen más que descolocar al espectador. Una cosa es que suene de fondo Blue Moon en uno de los puntos álgidos de la película, todo un acierto, pero otra muy diferente es que no se pare de jugar con estas ambivalencias durante todo el metraje, ya que llega un punto en que uno no sabe exactamente como actuar ante lo que está viendo y por consiguiente, esas innovaciones fraguan estrepitosamente.


Tal es el caso de la transformación del hombre lobo, en la que muy acertadamente Landis intenta mostrárnosla en todo su apogeo (utilizando mucha luz) y con todo lujo de detalles, para más adelante meternos de sopetón a un enorme lobo cuadrúpedo en planos muy cortos y en los que canta como una almeja que se trata de una máquina en vez de la siempre caracterización del hombre maquillado de bestia que hizo grandes a películas como El hombre lobo de George Waggner o La maldición del hombre lobo de Terence Fisher. Este es sin duda un fallo garrafal, ya que, por poner otro ejemplo algo más moderno, podemos ver que en la irregular La maldición de Wes Craven, - en los que Baker también estaba a cargo de los efectos especiales - , la bestia, muy similar en su diseño al de la película de Landis, tiene mayor espectacularidad al postrarla sobre sus dos patas traseras. Por ese motivo, y sin quitarle ningún merito, pues como he dicho, los tiene, Un hombre lobo americano en Londres es bajo mi punto de vista una buena película que podía haber sido un excelente film sobre la temática licantrópica. Pero según mi humilde criterio no lo consiguió (o al menos, siendo justos, no del todo).


Por otro lado, nos encontramos con su hermana pequeña, Aullidos, (aunque como he dicho anteriormente, vio la luz un año antes). Con un presupuesto bastante inferior y bajo la distribución de la mítica AVCO Embassy Pictures, Joe Dante, otrora editor de la factoría Corman (1) y director de una de las grandes y modestas joyas de los 70, Piraña (1978), abordaría con esta película una especie de cuento violento y sexual, sobre el lado oscuro del hombre y que contaba con un guión a cargo de Terence H. Winkless y John Sayles (2), basado en una novela de Gary Brandner y que se aposenta de manera plausible sobre los cimientos del género, despertando cierta melancolía en los amantes del cine clásico de terror gracias a esa ambientación con ese bosque lleno de niebla, así como por varios guiños cinéfilos.


El caso más llamativo son los nombres utilizados para los diferentes personajes de la comuna (en realidad alobados), así como otros que pululan por la película, que son llamados como algunos directores que han llevado a la gran pantalla el mito del hombre lobo. Así pues, por ejemplo, nos encontramos con el doctor George Waggner, con un personaje llamado Terry Fisher (Terence Fisher), Fred Francis (Freddie Francis), Erle Kenton (Erle C. Kenton) e incluso aparece un personaje muy secundario llamado Jack Molina (Jacinto Molina).
El reparto nos ofrece algunas caras conocidas, tal es el caso del “vengador” Patrick Macnee, Dee Wallace (Las colinas tienen ojos de Wes Craven, 1977), que durante el rodaje comenzó una relación con el actor televisivo Christopher Stone (un relación que duró hasta la muerte del actor en 1995 de un ataque al corazón), el recientemente fallecido Kevin McCarthy (R. I. P.), Slim Pickens (Teléfono rojo: volamos hacia Moscú de Stanley Kubrick, 1964) o el gran John Carradine en un papel que sin duda aporta un punto extra al film (pues nos encontramos ni más ni menos con el Conde Drácula de The House of Dracula, esa obra maestra de la Universal en la que el Larry Talbot encarnado por Lon Chaney Jr. lograba acabar con su maldición).



Aullidos comienza como si de un sórdido thriller se tratase. Karen White (Dee Wallace), una presentadora de informativos, es acosada por un maníaco homicida llamado Eddie (un irreconocible y primerizo Robert Picardo), así que accede a colaborar con la policía y se coloca un micrófono oculto para tener una cita con él y así poder capturarlo. El lugar donde ambos quedan es ni más ni menos que un sex shop, y Dante no escatima en utilizar las luces de neón de los carteles para dotar a la escena de cierto ambiente malsano y de peligro. Entonces White se mete en una de las cabinas para comenzar a ver una cinta pornográfica. La escena está compuesta magistralmente, puesto que mientras Karen observa la película, Eddie aparecerá por detrás y comienza a transformarse en hombre lobo. Nosotros, al igual que Karen, no llegaremos a ver la transformación ya que el proyector, que está justo detrás de él, lo envuelve en un potente haz de luz. De ese Joe Dante logra un potente golpe de efecto en el espectador ya que nos mete de lleno en una escena de lo más inquietante con la única ayuda de una película porno, un proyector, una sombra que dice “date la vuelta y mírame” y nuestra imaginación. No vemos nada, pero tampoco lo necesitamos, ya que en este primer encontronazo entre la decencia y lo depravado, la imaginación del espectador juega un papel muy importante. Como habrán podido observar los que han visto la película, esta secuencia escenifica metafóricamente como el mal emerge del sexo sucio y la violencia.


Finalmente el alobado acaba acribillado a tiros y Karen sale sana y salva. Todo ha pasado y el espectador respira aliviado, Dante incluso se llega a tomar la licencia de aportar unas pequeñas gotas de humor cuando el dependiente del sex shop dice “oh, mierda… sabía que me daría problemas”, en referencia a Karen.


Karen acaba traumatizada por lo que ha “visto”, así que comienza a tener unas horribles pesadillas en las que no deja de ver la figura de Eddie envuelto por la luz que emite el proyector de cine. Así que ésta y su idílico esposo (Christopher Stone) deciden marchar a un plácido lugar aconsejados por una especie de psiquiatra especializado en el lado oscuro del ser humano, el Doctor Waggner (Patrick Macnee). En esa comuna situada en mitad del bosque se toparan con una serie de personajes de lo más pintorescos, de los cuales cabría destacar el personaje de un viejo llamado Erle, que cansado por la edad (y ya sin dientes para masticar la carne), ve como los demás, más jóvenes y llenos de energía, bailan, se divierten y se dejan llevar por el juego del amor (y el sexo), así que de ese modo, empujado por un halo de melancolía intenta suicidarse, pero rápidamente los demás miembros de la comuna le impiden que lo haga, diciendo a Karen y a su marido que al viejo Erle se le va a veces la cabeza.


También nos encontramos con la morbosa Marsha (Elisabeth Brooks), una preciosa mujer no exenta de cierto aspecto primitivo y feroz que pronto comenzará a acechar al marido de Karen, un tipo aparentemente correcto y fiel (y vegetariano), que poco a poco irá sucumbiendo a sus encantos (y a los placeres de la carne). Más adelante el marido de Karen abandonará el lecho conyugal en mitad de la noche para tener un escarceo sexual con Marsha. Ambos se enfrascarán en una tórrida e inquietante cópula que terminará con los dos amantes transformándose en licántropos (en esta escena es más que evidente el poco presupuesto con el que contó la película, ya que al no disponer de dinero suficiente para más efectos especiales, tuvieron que terminar la transformación con una secuencia animada).


Inmediatamente Karen, ante las sospechas de que su marido ya no es tan fiel como imaginaba, verá como este también aparece en sus pesadillas llegándolo a ver como un temible licántropo más. No por menos, él también ha caído en el lado salvaje del ser humano… Mientras tanto, dos reporteros compañeros de Karen descubrirán que Eddie había estado en la comuna y que en realidad formaba parte de ella. Al parecer, el refinado Dr. Waggner, era en realidad un licántropo que intentaba mantener oculta una pequeña comunidad de licántropos y que estos se volvieran "civilizados".

Aullidos también hace hincapié en el truculento y morboso mundo de la televisión, una ventana a la violencia de la sociedad “civilizada”, que hacia el cenit de la película alcanza su máxima expresión en una escena que me dejó gravemente aterrorizado cuando era pequeño: Karen finalmente logra salir con vida de la comuna y vuelve a los informativos, pero en vez de leer las noticias se pone a avisarnos de los peligros que nos envuelven, y para que todo el mundo la crea, comienza a transformarse en una mujer-lobo mientras grita de una manera desgarradora. Llegados a este punto, incluso se nos llega hacer un pequeño homenaje a La maldición del hombre lobo de Terence Fisher, cuando la tierna mujer-lobo comienza a llorar antes de ser acribillada a balazos por su colega (Dennis Dugan). Una vez más, y para dar de nuevo un respiro al espectador, Dante termina la escena con una nueva muestra de humor gamberro, pues después de algo tan trágico y terrorífico nos percatamos que los espectadores se toman más o menos como una broma pesada lo que ha pasado, demostrando a su vez que la TV convierte peligrosamente la violencia en algo trivial por no decir que en meros divertimentos. Un final que pone el broche de oro a la última gran película sobre hombres lobo que se ha realizado.



Aunque también es verdad que no todo es gloria para esta película y que también tiene sus cosas malas. El principal problema que le encuentro es que un hombre lobo siempre tiene que sentirse desdichado por sus actos, al fin y al cabo está maldito, y en Aullidos, aún quedando reflejado que algunos no están contentos con lo que son (de hecho, no olvidemos que se trata de una pequeña comunidad de hombres lobo que pretende civilizarse), pasa muy por encima este tema. Lo mismo da que los hombres lobo se transformen a su conveniencia y no bajo el influjo de la luna llena, lo que realmente me molesta es que el personaje de Eddie, el principal malvado del film, es casi un completo desconocido para el espectador y eso no debería haber sido así… No sabemos casi nada de él y no nos hace participes del sufrimiento que, como todos sabéis (queridos alobados míos), en realidad conlleva ser un hombre lobo.


Como último apunte me gustaría establecer otra curiosidad como nexo de unión entre ambas películas. Tanto en Aullidos como en Un hombre lobo americano en Londres, se exhiben películas porno y en este terreno ambas tienen algo que ver. En primer lugar la bellísima actriz porno Annette Haven, rechazó un papel (supongo que sería el de la exuberante Marsha) por la violencia del guión, mientras que la pechugona Linzi Drew, una de las protagonistas de la cinta pornográfica de Landis, se convertiría en actriz de cine para adultos y contó en su haber títulos como An american Buttman in London.



[*]
Pequeño guiño a la incursión de la Fox en la temática licantrópica con la notable The Undying Monster (1942) del maestro John Brahm.
(1) Roger Corman realiza un brevísimo cameo.
(2) En su segunda colaboración con Dante tras Piraña, y que en el film realiza un breve y divertido papel como encargado de la morgue.

martes, 24 de agosto de 2010

Museo de Cera (1988) + Santo en el Museo de Cera (1963)


Anthony Hickox, director de otra de las cintas licantrópicas más interesantes de los últimos años, vease Eclipse Total (1993), realizó a finales de los 80 está fabulosa película a medio camino entre el cine de terror clásico y el humor grotesco de los TBOs de la EC Comics. Y es que, conforme vemos la película nos inmiscuimos en una sucesión de pequeñas historias en las que intervienen los monstruos clásicos del terror. Así pues, nos encontramos con vampiros, la momia, el fantasma de la ópera, el Marqués de Sade y, como no podía ser menos, el hombre lobo.

Museo de Cera nos cuenta la historia de Mark (Zach Galligan), un tipo adinerado que quiere demostrarle a China (Michelle Johnson) que es un tío como Dios manda y no un pelele que fuma y bebe café a escondidas de su madre. Pero China está por otros menesteres y encuentra mucho más atractivo a cualquier hombre que sepa francés y esté cachas, que no a Mark, así que un día mientras paseaba con su amiga Sarah (Deborah Foreman), se topa con un apuesto caballero (David Warner) que las invita a pasar una noche en El Museo de Cera para una exhibición privada. Las chicas aceptan la oferta y junto a Mark y otros amigos pasarán una terrorífica velada en dicho museo . Y es que para su sorpresa, al traspasar los diferentes decorados del museo, los muchachos viajarán a otra dimensión y verán como las escenas que se escenificaban en el museo cobran vida.

De ese modo pasamos al sketch que nos interesa, el del hombre lobo. En él uno de los chicos (Dana Ashbrook) va a parar a un bosque y se pone a caminar hasta toparse con una pequeña cabaña. En ella, un tipo está encerrado (John Rhys-Davies) y no parece dispuesto a que nadie le moleste, pero el chico no hace caso a los avisos del hombre y entra... Lo siguiente ya se lo pueden imaginar, y más teniendo en cuenta que la luna llena brilla omnipresente en el cielo...

Esta coproducción entre Alemania y USA, contó con unos muy conseguidos fx a cargo de Dave Keen, especialista del maquillaje que ya colaboró en films como Aliens (James Cameron, 1986), Hellraiser (Clive Baker, 1987) o Candyman (Bernard Rose, 1992), aunque eso sí, el hombre lobo orejón y peludo parece más una especie de Gremlin que un licántropo aterrador.

En 1992, la película contó con una secuela no exenta de interés dirigida de nuevo por el propio Hickox, aunque aquí la dosis de humor se multiplica haciendo de Museo de Cera II: perdidos en el tiempo, un visionado bastante estimulante. Cabe destacar los continuos guiños a algunos clásicos del género: de ese modo si en la primera entrega se homenajeaba a George A. Romero y La Noche de los Muertos Vivientes (1968) reproduciendo uno de sus sketches en blanco y negro con un montón de zombies, en la segunda nos encontramos en un supermercado repleto de no muertos en clara referencia a Dawn of the Dead (1978). En esta segunda parte también veremos homenajeado films como Alien y su segunda parte, y otros como La casa encantada (Robert Wise, 1963), en una pequeña historia en B/N con buenas dosis de slapstick en el que encontramos al genial Bruce Campbell como maestro de ceremonias. Lástima que esta secuela no incluya ningún licántropo (bueno, durante la película vemos un ritual satánico en el que una mujer se transforma en una extraña criatura que no sabría muy bien como clasificar), y que la trama sea fatalmente ensanchada por uno de sus sketches desarrollado en la edad medieval. Y ya no quiero hablar de la insufrible banda sonora techno compuesta por Steve Schiff que no pega ni con cola...

Título original: Waxwork (USA/Alemania, 1988)
Director: Anthony Hickox
Guión: Anthony Hickox
Actores: Zach Galligan, Deborah Foreman, David Warner...

Por otro lado y sin abandonar la temática del museo de cera, nos topamos con esta cinta protagonizada por el popular luchador mexicano Santo, el enmascarado de plata, en la que el Dr. Karol, un mad doctor encarnado por Claudio Brook raptará a un montón de personas para que encarnen a los monstruos clásicos del terror, entre los que encontramos el monstruo de Frankenstein, el fantasma de la ópera, el jorobado, Mr. Hyde y... ¿el hombre lobo?

Bueno, no exactamente, ya que tal y como explica el Dr. Karol durante la película “están ustedes viendo a la Bestía sanguinaria, está es la forma salvaje que tomaba el séptimo hijo varón en los periodos de luna llena, porque el primero de la dinastía había sido mordido en las montañas del Tibet por el abominable hombre de las nieves" (sic). Así que, hombre lobo lo que se dice hombre lobo... Pues que quieren que les diga... Poca cosa.

Santo en el Museo de Cera dirigida por el gran Alfonso Corona Blake, director de esa obra maestra de la psicotronía llamada El mundo de los vampiros (1960), otorga a la cinta cierto interés pero una vez más todo se ve entorpecido por unas interminables y aburridisimas luchas en las que el Santo luce palmito. Y es que como bien solía pasar, y salvo algunas excepciones, las películas protagonizadas por el Santo y otros luchadores como Blue Demon y demás, estaban realizadas unicamente para que estos mostraran su destreza en la lucha grecoromana, destrozando de ese modo el interés en las tramas principales de sus películas.

Hacía el final del film por si fuera poco veremos a este alobado y otros "licántropos" intentando deshacerse del Santo, pero este logra acabar con ellos arrojandoles un tanque de cera caliente encima. Además durante la película también podriamos haber disfrutado de una nueva transformación, esta vez en mujer pantera ya que la periodista encarnada por Norma Mora es raptada por el Dr. Karol, pero lamentablemente una vez más el Santo lo impide... ¡Maldito Santo!

Título original: Santo en el museo de Cera (México, 1963)
Director: Alfonso Corona Blake (y Manuel San Fernando sin acreditar).
Guión: Julio Porter, Fernando Galiana y Alfonso Corona Blake.
Actores: Rodolfo Guzman Huerta (Santo), Norma Mora, Claudio Brook...