“Ningún hombre conoce lo malo que es hasta que no ha tratado de esforzarse por dejar de serlo”. Clive Staples Lewis.
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sábado, 26 de enero de 2013

UN VAMPIRO PARA DOS (1965)



Dir. Pedro Lazaga.

Hasta el nacimiento del fantaterror, acaecido a finales de los años sesenta con el estreno de La marca del hombre lobo (1968), el bagaje del género fantástico en la cinematografía española había sido prácticamente irrelevante. Salvo honrosas excepciones, comúnmente representadas por La torre de los siete jorobados (1944) y Gritos en la noche (1961), amén de la labor del genio pionero Segundo de Chomón, su contribución en todo este tiempo había sido el de servir de comparsa en películas de toda condición y pelaje. De este modo, es fácil rastrear su presencia en melodramas góticos, caso de la reivindicable El clavo (1944), representantes del cine de estampita del calibre de la popular Marcelino, pan y vino (1951), o musicales de la singularidad de la wagneriana Parsifal (1951), sin olvidar excentricidades inclasificables tipo Fata Morgana (1966), amén de la aún necesaria de reivindicación La llamada (1966) de Javier Setó.


En esta travesía por el desierto, tampoco faltarían las versiones paródicas de algunos de sus rasgos más característicos, cuya sola existencia, habida cuenta de la escasa tradición de ejemplares “serios”, serviría para ejemplificar los prejuicios existentes por parte de la industria y los organismos oficiales hacia un género que, visto lo visto, solo podía ser tomado a broma. Dentro de esta corriente es en la que se inscribe Un vampiro para dos, de la que se erige en uno de sus integrantes más valiosos. No es para menos. Bajo sus trazas de prototípica españolada al servicio de la comicidad de su trío protagonista, integrado por los entonces inseparables Gracita Morales y José Luis López Vázquez, además de Fernando Fernán Gómez, se esconde un interesante retrato sociológico de la España de mediados de los sesenta. Nada raro, por otra parte, a poco que se conozca la trayectoria de su director y coguionista, el catalán Pedro Lazaga.


Nacido en la tarraconense localidad de Valls, patria chica de los también cineastas Juan Bosch e Ignacio F. Iquino, durante algo más de tres décadas Lazaga sería uno de los artesanos más recurrentes del cine popular español, lo que le granjearía una filmografía cercana a los cien títulos, en los que transitaría por géneros tan dispares como el bélico, el musical, el drama1 e, incluso, el péplum, subgénero donde legaría la estimable Los siete espartanos / I sette gladiatori (1962). No obstante, sería la comedia de tono familiar y moralista el estilo que más frecuentaría y en el que mayores éxitos obtuvo. Suyos fueron títulos tan de Cine de barrio como Abuelo Made in Spain (1969), Sor Citröen (1969), o la mil veces imitada Los tramposos (1959), films en los que, más allá de sus posibles logros cinematográficos, no siempre tan execrables como habitualmente se ha dicho, y dejando a un lado lo reaccionario que (en ocasiones) pudiera antojarse su discurso, se realizaban radiografías antropológicas de diversos aspectos de la cambiante sociedad española de la época, ya fuera el choque generacional de usos y costumbres sobre el que se apoyaba la primera, la modernización de los hábitos del clero de la segunda, o el cómo en pleno despegue económico aún existían individuos que no tenía más remedio que tirar de picaresca para escapar de la miseria que ilustraba la tercera.


Esa vocación de crónica costumbrista que articularían buena parte de las comedias de Lazaga es evidenciada en Un vampiro para dos de una forma harto significativa durante sus primeros compases. Tras unos títulos de crédito consistentes en una serie de paisajes madrileños hermanados por la presencia de estaciones de Metro, la cámara toma el punto de vista subjetivo de un anónimo ciudadano que penetra en una de estas instalaciones. Durante su recorrido hasta el andén, es acompañado por las conversaciones cotidianas del resto de viajeros que van cruzándose en su camino, entre los que se repiten las historias sobre terceros que han marchado a Alemania en busca de una vida “a nivel europeo”. De este modo tan directo y sencillo, ejemplo palpable del menoscabado talento de su director, la película procede, por un lado, a establecer el enunciado sobre el que va a pivotar su argumento, y que no es otro que el tema de la emigración, adelantando así una temática sobre la que Lazaga volvería en repetidas ocasiones, al tiempo que se sumerge en el entorno laboral de sus dos protagonistas, Pablo y Luisa, un matrimonio de trabajadores del suburbano que, debido a su incompatibilidad de horarios, apenas han podido pasar una semana juntos desde que se casaran, hará cosa de un año. Acuciada por las circunstancias, la pareja decidirá aceptar la proposición de un familiar de trabajar en el país teutón para poder pasar más tiempo juntos, yendo a parar al castillo del Barón de Rosenthal, un decadente aristócrata que resulta ser un vampiro.

Partiendo de esta premisa, a lo largo del metraje se van desgranando numerosas referencias a nuestra cultura y a la imagen proyectada en el exterior por España y los españoles, bajo un tono que bascula entre la seriedad y el sarcasmo. Sirva de muestra la condición de pluriempleado del marido, quien compagina su trabajo en el metro con los oficios a tiempo parcial de guarda de obras nocturno y árbitro de fútbol, la secuencia ya en Alemania en la que los protagonistas se disponen a tomar un taxi y, al cerciorarse de su nacionalidad, el conductor les cobra por adelantado, o aquella otra en la que Pablo explica al Barón el desarrollo de un festejo taurino, tras lo que este responderá con evidente cara de mal cuerpo “españoles sanguinarios”. Con todo, quizás el apunte más interesante en este sentido, por todo el significado que encierra, sean los términos en los que se produce la muerte del vampiro, cuando sea fulminado al rebotar su reflejo en el tricornio de un bigotudo Guardia Civil que presta servicio en la frontera entre España y Francia. Una imagen que, voluntaria o involuntariamente, puede verse como una alegoría de la situación en la que se encontraba sumido el género fantástico por aquella mismas fechas en esa España gris, en la que no había sitio para los monstruos de novela ni mucho menos para la fantasía.


En cuanto a sus rasgos paródicos propiamente dichos, se aglutinan en torno al mencionado Barón de Rosenthal, un infeliz trasunto de Drácula incapaz de hacer daño a nadie, y que vive sometido bajo el yugo de su hermana. Como no podía ser de otro modo, él es el principal protagonista de la práctica totalidad de los chistes que se formulan a costa de la imaginería clásica del personaje2, brindando ideas tan atinadas como que el Barón acuda a una farmacia para comprar plasma sanguíneo con el que poder alimentarse, o que habite en la ciudad de Düsseldorf, en clara referencia a la magistral M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931). Por desgracia, no todo el conjunto se encuentra a la misma altura, y junto a estos momentos conviven otros menos logrados que van desde lo fallido - la escena en la que el chupasangres se dirige a cámara para explicar lo que es bien sabido, al no verse reflejado en un espejo-, a lo zafio - la forma en la que el personaje de López Vázquez repele el ataque de una vampira al eructarla en la cara tras haber comido sopas de ajo -, o directamente delirantes, caso de la mutación a las que son sometidas varias canciones populares de nuestro folclore, a cuenta de la nacionalidad húngara del vampiro.

Junto a lo ya comentado, otro elemento sobre el que cabe llamar la atención es el que Un vampiro para dos contenga el debut dentro de la cinematografía patria de uno de los más ilustres componentes del panteón clásico de monstruos del género. Pero no del vampiro, como podría pensarse en un principio, que aparte de haber sido insinuado en otros films anteriores, contaba con el precedente directo de La maldición de los Karnstein / La cripta e l’incubo (1964), coproducción de mayoría italiana que adaptaba al medio uno de los pilares del mito en su vertiente literario, la Carmilla de Sheridan Le Fanu, sino del licántropo, cuyo concurso es incorporado por el personaje de Wolf, el fiel criado de Rosenthal al que interpreta Goyo Lebrero. No obstante, hay que señalar que su configuración dista bastante de los rasgos tradicionales del lobisme. Al contrario de lo que mandan los cánones, su transformación en bestia se produce al llegar el día, y en lugar de un hombre lobo se trata más bien de un hombre perro que aparece en un principio con la fisonomía de un pastor alemán, para más tarde terminar siendo transformado en un diminuto chihuahua por su amo.


El cambio no impedirá que el cánido alcance la celebridad, convirtiéndose en una cotizada estrella de la pantalla a la que se rifan las grandes productoras e, incluso, Sophia Loren, tal y como se muestra en la conclusión del relato. Lejos de un mero capricho, tan surrealista desenlace permite a Lazaga incluir una sarcástica puya que desdice la fama de cineasta plegado a los postulados del régimen que algunos han querido ver en su filmografía, principalmente debido a sus títulos al servicio de Paco Martínez Soria y Alfredo Landa. Una catalogación un tanto exagerada, a poco que uno recuerde el final de Los tramposos, en el que sus dos protagonistas eran contratados por el dirigente de una empresa rival con el fin de eliminar la competencia que estos suponían, en una clara metáfora a la imposibilidad de la clase media-baja de prosperar más allá de tener un empleo fijo, y que aquí vuelve a ser puesta en entredicho mediante el contenido de la emisión radiofónica que sirve de fondo a la aludida secuencia. En ella, con su grandilocuente lenguaje, Matías Prats Senior se congratula de las altas distinciones recibidas por Wolf durante la última ceremonia de los Oscars, “que han llenado de gozo a todos los corazones hispanos” (sic), “a pesar de su origen húngaro” (re-sic), lo que coincide con una época en la que algunos de los principales estandartes de España en el exterior eran futbolistas nacionalizados, caso de Di Stéfano, Kubala o Puskas, dándose la curiosa coincidencia de que estos dos últimos, precisamente, fueran de ascendencia magiar. ¿Simple casualidad? No lo parece.

José Luis Salvador Estébenez


1 Incluso ciertas fuentes apuntan la posibilidad de que Lazaga hubiera sido el director en la sombra de una de las joyas de nuestro fantaterror, la atmosférica La mansión de la niebla / Quando Marta urló nella tumba (1972) de Paco Lara Polop.
2 Resulta sorprendente que en este aspecto no se haga ni una sola referencia al poder de la cruz para repeler a los vampiros, habida cuenta del ultracatolicismo que enarbolara el régimen franquista, si bien vista con perspectiva esta ausencia pudiera explicarse como una prevención de sus responsables de cara a evitar problemas con la censura, poca amigo de mezclar la religión con semejantes temas. 

viernes, 6 de abril de 2012

Psicotronía licántropa VII: EL CHARRO DE LAS CALAVERAS (1965)




Dir. Alfredo Salazar.

Alfredo Salazar, hermano menor de Abel Salazar (con el que ha colaborado en numerosas ocasiones en algunas producciones de la ABSA), ya apuntaba maneras al ser el hacedor de los libretos de obras maestras como El hombre y el monstruo (Rafael Baledón, 1959), El ataúd del Vampiro (aunque sin acreditar) (Fernando Méndez, 1958), La momia azteca contra el robot humano (Rafael Portillo, 1958) o, ya tirando por lo bajo, Frankenstein, el vampiro y compañía (Benito Alazraki, 1962), truño entrañable para mayor gloria del Loco Valdes (de la que por cierto, ya os hablé aquí), debutaba en la dirección con esta folletinesca historia de un nuevo justiciero encapuchado al más puro estilo El Coyote o El Zorro: ¡¡El Charro de las Calaveras!! Aquí nuestro héroe luce una manta puesta en la cara de color negro (que después pasa a ser una especie de antifaz). No se desprende de esta indumentaria ni para dormir, oigan (aunque se la quita fugazmente para confiarle a sus compañeros de viaje [un niño llamado Perico y un borracho tontorrón muy propio de estas pequeñas producciones chicanas, llamado Cleofas], su verdadera identidad), y según dice, la lleva puesta desde que decidió poner fin a los maleantes después del asesinato de sus padres. Él mismo nos explica en uno de los diálogos más pomposos de la película que el motivo de su antifaz es “porque la justicia no tiene rostro”. Así pues, el Charro de las Calaveras, como si del hombre más afortunado del mundo se tratara, se las tendrá que ver con el hombre lobo (en el film, “lobo humano”), con el vampiro y con el jinete sin cabeza. Así, sin más, por las buenas. Pero no se equivoquen, nuestro héroe enmascarado no tendrá que hacer frente a estos monstruos a la vez, sino uno por uno. El Charro de las Calaveras, queridos alobados míos, está contada como si de un serial se tratase, por lo tanto el Charro tan sólo dispondrá de unos treinta minutos aproximadamente para hacer frente al malvado de turno para después pasar al siguiente como si de un nuevo capítulo se tratase.

El vampiro...

El jinete sin cabeza... Pero con la cabeza (de plástico)...

Dicho esto, déjenme que pase un poco del “Jinete sin cabeza” (que busca su quijotera [una cabeza de plástico parlanchina encerrada en una caja]) y del “Vampiro” (que más que un vampiro es un hombre-murciélago [un Batman] que tiene la capacidad de convertirse en una rata alada de cartón en, prácticamente, un fundido), para centrarme en el “capítulo” del “lobo humano”.

El hombre lobo ¿intentando apagar la luz?
La primera aventura del Charro que es la que nos interesa, se centra en su lucha contra un licántropo vestido con una camisa de cuadros y que, a pesar de transformarse en lobo durante las noches de plenilunio, comprobaremos que sus ataques se perpetran a plena luz del día (bueno, toda la película está rodada de día - sin “noches americanas” de por medio -, por aquello de ahorrar en iluminación). La transformación del hombre-lobo se ejecuta de un modo realmente abrumador: el pobre se descompone hasta que sólo queda de él su esqueleto, para después recrearse y dar paso a la bestia. Todo esto, como es lógico, se ejecutará mediante cochambrosos fundidos de serie B tirando a Z.



Y vean la transformación cutre-salchichera que se lleva a término en... ¡¡"El Charro de las Calaveras"!!
El encuentro entre el Charro y el lobo humano es de lo más casual y no se hace esperar: nada más comenzar la película el monstruo ataca a un pobre campesino y a pesar de los disparos del Charro, logra escapar campo a través. Acto seguido, nuestro querido héroe se infiltra en una casa en la que habita la familia Alvatierra y no duda un solo instante en gorrearles algo para la merienda. Los Alvatierra viven aterrados ante los continuos ataques del hombre lobo y el Charro accede a ayudarles… Pero, ¿cómo saber quién se encierra tras la maldición de la bestia? Pues bien, entre ataque y ataque (incluyendo la muerte de la Sra. Alvatierra), y sin que nuestro apuesto justiciero pueda hacer nada para capturar al hombre lobo (siempre escapa), el amigo Salazar, también en funciones de guión, opta por la vía rápida: por ahí, por el metraje, salía una vieja loca que se reía y decía cosas absurdas frente a la cámara, así que el Charro, rizando el rizo de lo absurdo, decidirá pedirle cuentas a la vieja que, para sorpresa de todos, abrirá un ataúd del que emergerá un zombie sabiondo que le contará al Charro la verdadera identidad del hombre lobo. ¡¡Toma ya!! Una vez consigue acabar con el lobo humano, en realidad **SPOILER** papá Alvatierra **FIN SPOILER**, el Charro adoptará al hijo de éstos, Périco, y en un alarde de generosidad, al viejo borracho tontorrón Calofas, que pasarán a ser sus compañeros de correrías en las dos historias que restan.

El zombie sabiondo vende al lobo humano... 
Extraordinaria pelea entre el "lobo humano" y el Charro, oigan.
Esta película, como ven, es otra joya chicana más para la colección. El Charro de las Calaveras es otra obra estrambótica y llena de roña, pero con un alma pulp y aventurera que invita a la diversión y al entretenimiento. Por lo tanto, no se la pierdan cachorros. No me sean chingones. ¡¡El Charro de las Calaveras mola!!




lunes, 9 de enero de 2012

SEDDOK, L'EREDE DI SATANA (1960)


Dir.r: Anton Giulio Majano

Tras sufrir un accidente automovilístico provocado por un desengaño amoroso, una atractiva bailarina de strip-tease queda horriblemente desfigurada. Desesperada, en su camino se topará con un brillante científico que  la promete devolverla su aspecto anterior si se somete a un tratamiento experimental basado en las radiaciones atómicas. Al principio, dicho tratamiento es un éxito, y el rostro de la joven vuelve a ser el de antes. Sin embargo, transcurrido el tiempo las cicatrices reaparecen, por lo que el científico, enamorado perdidamente de su paciente, decide tomar medidas más drásticas…

Aunque estrenada el mismo año que la magnífica La máscara del demonio (La maschera del demonio, 1960), el espejo en el que se mira esta Seddok, l’erede di Satana (1960) es el de otra película anterior de Mario Bava, si bien codirigida en compañía – o más bien en ausencia – de Riccardo Freda, la seminal I vampiri [tv/dvd: Los vampiros, 1956]. De ella toma tanto su ambiente gótico-urbanita, presente en detalles tales como los compartimentos ocultos existentes en la mansión del villano, o en el fiel criado discapacitado de éste, como su esqueleto narrativo, de nuevo centrado en los sangrientos experimentos llevados a cabo por un mad-doctor para conservar la lozana belleza de su amada y las consiguientes investigaciones policiales y periodísticas para esclarecer los asesinatos derivados de tales prácticas.

No obstante, no es I vampiri el único modelo que la cinta que nos ocupa toma como referencia. Más al contrario, a lo largo de su metraje es más que evidente la influencia – por no decir otra cosa – que en ella ejercen obras tan variopintas como el film de Georges Franju Ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1959)[1] – el doctor dispuesto a todo con tal de recomponer el rostro del ser querido -, o la de clásicos de la literatura fantástica como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson – el brillante científico que, tras administrarse un suero de su propia invención, da rienda suelta a sus más bajos instintos – o, incluso, “Los asesinatos de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe, representado por ese gorila evadido de su encierro al que en un principio la policía creerá culpable de los primeros crímenes.


Pero pese a estas raíces netamente fantásticas, la película posee una sorprendente carga melodramática a la que no es ajena la identidad de su autor, Anton Giulio Majano, televisivo realizador que por aquellos años había conseguido varios éxitos en la pequeña pantalla con trabajos de esta índole. Así, gran parte del motor narrativo de la trama recae en las distintas pasiones que arrastran a los personajes protagonistas, planteadas no sin cierta ironía – cf. el enamorado mad-doctor que para mantener intacta la belleza de su pretendida se convierte en una horrorosa criatura -, pero que a la postre acaban por provocar un desarrollo de lo más lánguido y enrevesado. Esto, unido a lo rutinario y delirante de su historia, a lo antipático de sus roles positivos – mención especial para la actitud de Jeannette, la desfigurada bailarina –, y a la plana dirección de Majano salvo momentos puntuales, caso del encuentro en el brumoso muelle entre Jeannette y Pierre, el cual diríase sacado de una película del Hollywood clásico, dan como fruto un título carente de interés. No en vano, dentro de la mediocridad de su propuesta, los únicos puntos destacables residen en aspectos secundarios como la atrayente composición de su elenco interpretativo, encabezado por actores de la valía de Alberto Lupo[2] y Sergio Fantoni, o su alto nivel de erotismo, habida cuenta de la época de la que data[3].

Lo más curioso del caso es que tan modestos resultados no han impedido que Seddok, l’erede di Satana goce de un estatus de culto en según qué círculos minoritarios. Tal consideración radica en buena medida en la supuesta participación en su rodaje de Mario Bava en calidad de productor, si bien esta circunstancia nunca haya sido aclarada del todo. Y es que si nos atenemos a sus títulos de crédito, dicha labor recae en un tal Mario Fava (sic), pudiendo este nombre ser un seudónimo del verdadero productor de la cinta utilizado con el ánimo de aprovechar en la medida de lo posible el éxito internacional de la ya mentada La máscara del demonio, algo no descartable si tenemos en cuenta la naturaleza imitativa que preside el conjunto. Por otra parte, a lo largo de la cinta no existe ni un ápice de la poderosa inventiva visual por la que es recordado el genio de San Remo, ni tampoco de su facilidad para los trucajes ópticos, con la excepción hecha de la primera transformación en criatura del científico, solventada mediante una especie de curioso stop-motion fotográfico. Si a esto le añadimos el hecho de que en ningún otro título de su dilatada carrera el director de Bahía de sangre ejerciera de productor, la respuesta en cuanto a su participación en este título parece bastante evidente.

Sin embargo, también existen distintos elementos que hacen que esta afirmación no pueda ser tan tajante; más concretamente, debido a la presencia en su equipo técnico-artístico de varios nombres ligados a la carrera de Bava. Tal es el caso del guionista Alberto Bevilacqua, quien en el futuro intervendría en los libretos de Las tres caras del miedo (I tre volti della paura / Les trois visages de la peur, 1963)  y de Terror en el espacio / Terrore nello spazio (1965), o del músico Armando Trovajoli, responsable de la banda sonora de Ercole al centro della Terra / Hercules contre les vampires [dvd: Hércules en el centro de la Tierra, 1961]. A todos estos nombres hay también que sumarles el de Ivo Garrani, que de interpretar aquel mismo año al terrorífico príncipe Vaida de La máscara del demonio pasaría aquí a convertirse en un afable comisario de policía.

Entonces, ¿tuvo o no algo que ver Mario Bava con esta Seddok, l’erede di Satana? Que cada uno saque sus propias conclusiones a tenor de los datos mostrados, pero lo que parece estar claro es que, de haberlo tenido, su concurso no eximiría a la película de la medianía de su resultados.
José Luis Salvador Estébenez
 
(PUBLICADO EN: LA ABADÍA DE BERZANO).
 
[1] Precisamente, aquel mismo año otra cinta italiana tomaría como base esta película francesa. Nos referimos a la muy superior El molino de las mujeres de piedra (Il mulino delle donne di pietra / Le moulin des supplices, 1960), del reivindicable artesano Giorgio Ferroni.
[2] ¿Será el apellido de este actor, “lobo” en castellano, el motivo que ha llevado a multitud de fuentes mal informadas a señalar a la presente como una película sobre licántropos?
[3] Al parecer, el montaje norteamericano, sensiblemente más corto que el original, incluye varios desnudos ausentes en la versión italiana, así como un prólogo postizo con imágenes reales de los holocaustos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Siguiendo con la confusión en cuanto a la posible naturaleza de la criatura protagonista, en esta versión es convertida en una especie de “vampiro atómico”.

viernes, 18 de febrero de 2011

LA CASA DEL TERROR (1960) + FRANKENSTEIN, EL VAMPIRO Y CIA (1962)


Bienvenidos a una nueva entrega de cine-lobo, en este caso mexicano, un cine que tan buenos ratos nos hacen pasar debido al bizarrismo de sus premisas. Por un lado tenemos la excelente La casa del terror y por otro lado, Frankenstein, el vampiro y compañía, dos películas "hermanadas" que tienen como telón de fondo un museo de cera (un decorado que, como hemos visto, es bastante habitual en el cine de licántropos).  La casa del terror del gran Gilberto Martínez Solares, - hacedor de una de las mejores películas mexicanas de los 70, la nunsplotation Satanico Pandemonium -, haría, con este film, uno de los pastiches más completitos del cine de monstruos. En La casa del terror tenemos pues, referencias a "El museo de cera", la momia, Drácula, Frankenstein y, como no, al hombre lobo, pero abordado todo de un modo de lo más estrafalario. Dejenme que me explique... Vayamos por partes…

Germán Valdés (Tin Tan) es el vigilante de noche de un museo de cera que se pasa prácticamente toda la película durmiendo y perreando. Por otro lado una especie de sosias de Boris Karloff (Yerye Beirute [El ataúd del vampiro de Fernando Mendez]), roba cuerpos del cementerio para utilizarlos de figuras en su museo de cera. Además, el muy necio pretende revivirlas o algo así, utilizando la sangre del pobre Tin Tan; y aparte, como no, la gran manía de los mad doctors: cambiar los cerebros de una persona a otra. ¡¡Pero ahí no acaba la cosa, señores!! También hay una momia (Lon Chaney Jr.), una momia egipcia que parece congelada o algo así, y el tipo ese, el que profana tumbas, roba a su vez a la momia para revivirla y efectivamente, así lo hace, utilizando nuevamente la sangre de Tin Tan. ¡¡¡Pero ahí no acaba todo!!! La momia no era una momia cualquiera, era además un hombre lobo y, claro, cuando sale la luna llena emerge su lado animal… ¿He dicho que haya terminado? ¡¡¡¡Ni hablar!!!! El hombre lobo, revivido por la sangre, sembrará el caos por donde pase hasta que, como si de una batería se tratase, la hemoglobina se agote en su cuerpo y tenga que ser nuevamente “chutado” para volver a hacer de las suyas…
Como ven, el mito de la momia, los vampiros, Frankenstein y, sobretodo, el hombre lobo es tocado en esta exquisita joya mexicana de un modo único y que, desde luego, no se queda solamente ahí ya que, incluso hacía el final, se nos meterá de sopetón todo un homenaje a King Kong, cuando el hombre lobo agarre a la bella de la película (Yolanda Varela) y la suba hasta arriba de un rascacielos en bolingas (donde, ay por Dios, ¡¡no paro!! Tin Tan hará un pequeño guiño a Chaplin). Lon Chaney Jr., ya en clara decadencia, cruzando la frontera para ganarse el pan como más tarde o más temprano han tenido que hacer algunos compañeros de profesión como John Carradine o el mismísimo Boris Karloff, aparece en este film sin mayor trascendencia y con un “NO” como única línea de “diálogo”. Un "No" suplicante y lastimero que seguramente trasciende más allá de la película, y que decía mucho del momento profesional por el cual pasaba nuestro insigne licántropo. Francamente apetecible y entretenida, así que, amantes de los licántropos, no se la pierdan.

La “hermana” de la que hablaba al principio no es otra que la casposa Frankenstein, el vampiro y compañía de Benito Alazraki y protagonizada por el hermano de Germán Valdés, Manuel Valdés (El Loco), un actor que más tarde haría de hombre lobo (o así) en dos películas infantiles (o así) de Caperucita Roja y que, más adelante, cuando recobre fuerzas, se verán recogidas en este blog. Frankenstein, el vampiro y compañía, a años luz de su predecesora, vuelve a trasladar la acción a un museo de cera donde trabaja El Loco. Allí tienen que aguardar la llegada de dos cajas con los cuerpos (figuras) de un vampiro y el monstruo de Frankenstein. Por si fuera poco, un tipo con bigote pretende a su vez hacerse con los monstruos. Pero ese hombre no es un hombre cualquiera, sino un hombre lobo… ¡¡Como lo oyen!!
¿Digame-lon?

La verdad es que Frankenstein, el vampiro y compañía no guarda ningún tipo de interés ni sorpresa en su entramado (re)loco. A pesar de tener a una especie de mad doctor o un baile de disfraces al final de la película que nos puede regalar algún momento divertido, el film no tiene ningún merito por el cual deba ensalzarse. Nuestro licántropo es un soso, que eso si, llegará a coger un telefóno y gruñir, y luchará al final con el vampiro hasta que mutuamente se dan muerte…. Por otro lado no podía olvidarme del maquillaje, que eso ya es otra, ¡¡es de lo peorcito que han visto mis inocentes ojos!!

En definitiva, uno de esos bodrios que poca simpatía despierta pero que, como ustedes comprenderán, debía de salir en este, vuestro blog licántropo.

Calificación La casa del terror:
Calificación Frankenstein, el vampiro y compañía:

martes, 24 de agosto de 2010

Museo de Cera (1988) + Santo en el Museo de Cera (1963)


Anthony Hickox, director de otra de las cintas licantrópicas más interesantes de los últimos años, vease Eclipse Total (1993), realizó a finales de los 80 está fabulosa película a medio camino entre el cine de terror clásico y el humor grotesco de los TBOs de la EC Comics. Y es que, conforme vemos la película nos inmiscuimos en una sucesión de pequeñas historias en las que intervienen los monstruos clásicos del terror. Así pues, nos encontramos con vampiros, la momia, el fantasma de la ópera, el Marqués de Sade y, como no podía ser menos, el hombre lobo.

Museo de Cera nos cuenta la historia de Mark (Zach Galligan), un tipo adinerado que quiere demostrarle a China (Michelle Johnson) que es un tío como Dios manda y no un pelele que fuma y bebe café a escondidas de su madre. Pero China está por otros menesteres y encuentra mucho más atractivo a cualquier hombre que sepa francés y esté cachas, que no a Mark, así que un día mientras paseaba con su amiga Sarah (Deborah Foreman), se topa con un apuesto caballero (David Warner) que las invita a pasar una noche en El Museo de Cera para una exhibición privada. Las chicas aceptan la oferta y junto a Mark y otros amigos pasarán una terrorífica velada en dicho museo . Y es que para su sorpresa, al traspasar los diferentes decorados del museo, los muchachos viajarán a otra dimensión y verán como las escenas que se escenificaban en el museo cobran vida.

De ese modo pasamos al sketch que nos interesa, el del hombre lobo. En él uno de los chicos (Dana Ashbrook) va a parar a un bosque y se pone a caminar hasta toparse con una pequeña cabaña. En ella, un tipo está encerrado (John Rhys-Davies) y no parece dispuesto a que nadie le moleste, pero el chico no hace caso a los avisos del hombre y entra... Lo siguiente ya se lo pueden imaginar, y más teniendo en cuenta que la luna llena brilla omnipresente en el cielo...

Esta coproducción entre Alemania y USA, contó con unos muy conseguidos fx a cargo de Dave Keen, especialista del maquillaje que ya colaboró en films como Aliens (James Cameron, 1986), Hellraiser (Clive Baker, 1987) o Candyman (Bernard Rose, 1992), aunque eso sí, el hombre lobo orejón y peludo parece más una especie de Gremlin que un licántropo aterrador.

En 1992, la película contó con una secuela no exenta de interés dirigida de nuevo por el propio Hickox, aunque aquí la dosis de humor se multiplica haciendo de Museo de Cera II: perdidos en el tiempo, un visionado bastante estimulante. Cabe destacar los continuos guiños a algunos clásicos del género: de ese modo si en la primera entrega se homenajeaba a George A. Romero y La Noche de los Muertos Vivientes (1968) reproduciendo uno de sus sketches en blanco y negro con un montón de zombies, en la segunda nos encontramos en un supermercado repleto de no muertos en clara referencia a Dawn of the Dead (1978). En esta segunda parte también veremos homenajeado films como Alien y su segunda parte, y otros como La casa encantada (Robert Wise, 1963), en una pequeña historia en B/N con buenas dosis de slapstick en el que encontramos al genial Bruce Campbell como maestro de ceremonias. Lástima que esta secuela no incluya ningún licántropo (bueno, durante la película vemos un ritual satánico en el que una mujer se transforma en una extraña criatura que no sabría muy bien como clasificar), y que la trama sea fatalmente ensanchada por uno de sus sketches desarrollado en la edad medieval. Y ya no quiero hablar de la insufrible banda sonora techno compuesta por Steve Schiff que no pega ni con cola...

Título original: Waxwork (USA/Alemania, 1988)
Director: Anthony Hickox
Guión: Anthony Hickox
Actores: Zach Galligan, Deborah Foreman, David Warner...

Por otro lado y sin abandonar la temática del museo de cera, nos topamos con esta cinta protagonizada por el popular luchador mexicano Santo, el enmascarado de plata, en la que el Dr. Karol, un mad doctor encarnado por Claudio Brook raptará a un montón de personas para que encarnen a los monstruos clásicos del terror, entre los que encontramos el monstruo de Frankenstein, el fantasma de la ópera, el jorobado, Mr. Hyde y... ¿el hombre lobo?

Bueno, no exactamente, ya que tal y como explica el Dr. Karol durante la película “están ustedes viendo a la Bestía sanguinaria, está es la forma salvaje que tomaba el séptimo hijo varón en los periodos de luna llena, porque el primero de la dinastía había sido mordido en las montañas del Tibet por el abominable hombre de las nieves" (sic). Así que, hombre lobo lo que se dice hombre lobo... Pues que quieren que les diga... Poca cosa.

Santo en el Museo de Cera dirigida por el gran Alfonso Corona Blake, director de esa obra maestra de la psicotronía llamada El mundo de los vampiros (1960), otorga a la cinta cierto interés pero una vez más todo se ve entorpecido por unas interminables y aburridisimas luchas en las que el Santo luce palmito. Y es que como bien solía pasar, y salvo algunas excepciones, las películas protagonizadas por el Santo y otros luchadores como Blue Demon y demás, estaban realizadas unicamente para que estos mostraran su destreza en la lucha grecoromana, destrozando de ese modo el interés en las tramas principales de sus películas.

Hacía el final del film por si fuera poco veremos a este alobado y otros "licántropos" intentando deshacerse del Santo, pero este logra acabar con ellos arrojandoles un tanque de cera caliente encima. Además durante la película también podriamos haber disfrutado de una nueva transformación, esta vez en mujer pantera ya que la periodista encarnada por Norma Mora es raptada por el Dr. Karol, pero lamentablemente una vez más el Santo lo impide... ¡Maldito Santo!

Título original: Santo en el museo de Cera (México, 1963)
Director: Alfonso Corona Blake (y Manuel San Fernando sin acreditar).
Guión: Julio Porter, Fernando Galiana y Alfonso Corona Blake.
Actores: Rodolfo Guzman Huerta (Santo), Norma Mora, Claudio Brook...

miércoles, 28 de abril de 2010

Psicotronía licántropa (Vol. I)

Mucha psicotronía licántropa, como reza el título del post, os traigo hoy, 28 de Abril. La luna llena brilla y ya comienza a asomárseme el pelillo por el pecho, así que aquí os traigo un par de películas sobre hombres lobo de estas que ponen los pelos de punta.

Dracula (The Dirty Old Man) (1969)

En primer lugar traemos a la palestra la inefable Dracula (the dirty old man), un film insufrible realizado por uno de los talentos más estrambóticos que ha dado el séptimo arte, William Edwards. Siempre se habla de Ed Wood como el peor director de cine de la historia, pero solo basta un visionado,- ni que sea de refilón -, a esta obra para darnos cuenta de que en esto del cine han habido muchos “creadores” que han puesto su granito de arena en hacer las cosas mal, pero mal, MAL.


Ni que sea por lo insulso de la historia, por las penosas interpretaciones o por lo infumable que resulta toda la realización, Dracula (the dirty old man) supone, y créanme, la película más desastrosa que he visto en mi vida. Pocas cosas igualan la torpeza que rezuma toda esta obra en el que las fechorías sexuales del Dr. Alucard (Vince Kelley) son el único ingrediente de la trama. Para que se hagan una idea de las horrorosas dimensiones de las que estoy hablando e aquí la trama: un tal Alucard (fíjense en el ingenio del nombre), un vampiro bastante cachondo, convierte a un tipo (Billy Whitton) en un "hombre chacal" (quien lo diría) para que este le entregue chicas virginales para dedspués desnudarlas y beberles la sangre. Entre chica y chica, el "hombre-chacal" no dudará en violar a más de una de sus víctimas en unas secuencias que resultan, eso si, de lo más grotescas e infernales. Y ya está. Poco más se puede añadir. Dracula (the dirty old man) no entretiene, ni divierte y ni siquiera excita.



Por otro lado resulta de lo más curioso como en algunas escenas se utiliza el sonido original del rodaje y en otras las voces son dobladas por, yo diría, la misma voz masculina. Esto me hace suponer que parte del audio de la película se echó a perder y el director, ni corto ni perezoso, se dispuso a doblar las escenas restantes en un estudio por uno o dos actores. Incluso creo recordar que en una escena escuchamos la voz original de una de las protagonistas femeninas, para más adelante descubrir que ha sido sustituida por esa dichosa voz que se nos mete en el subconsciente de un modo tan tormentoso que no os lo podéis ni imaginar.


Dracula (the dirty old man) chicos, ¡ver para creer! Lo dice uno que la vió entera... ¡GLUPS!

Dark Wolf (2003)

Algo de psicotronía, pero sin llegar a los extremos de la anterior, encontramos en una película realizada con cuatro duros y para el mercado del video/DVD. Dark Wolf se llama, y está realizada por el “especialista en horror” (léase en tono irónico), Richard Friedman. En ella el erotismo y la licántropia se vuelven a dar la mano en una historia interesante y, ¿por qué no decirlo? entretenida. Incluso en el reparto nos encontramos con Tippi Hedren haciendo de una especie de adivina-mendiga.



La sinopsis vendría a ser algo así: un tipo con pinta de motero (Rick McCallum) que al parecer es un hombre lobo, asesina y devora a sus presas durante una noche de luna llena. Pero no se trata de un licántropo cualquiera, al parecer es un ser llamado “Dark Wolf” que busca a la candidata ideal para poder procrear y que su especie se extienda por el mundo. Entre las candidatas nos encontramos con una rubita apetecible llamada Josie (Samaire Armstrong), que resultará ser la mujer perfecta para ello ya que, - sin que ella sea consciente de ello -, sufre de licantropía. Así que Josie con la ayuda de un policía (Ryan Alosio), hará frente a “Dark Wolf” y a la maldición licantrópica que arrastra.



Supongo que no engaño a nadie si digo que Dark Wolf se puede llegar a ver y, aunque es muy torpe en su desarrollo, consigue mantener cierta dignidad durante todo su metraje. Pero aún así, la historia jamás llega a cuajar, siendo esto uno de los motivos que contrarrestan el aceptable resultado que en un principio pudiera llegar a tener la película. Pero sobre todo lo más deleznable del film son las transformaciones que se dan durante la película, creadas con un penoso CGI que no hacen más que otorgar a la película cierto aire de lo más risible y ridículo.

"Dark Wolf"... ¿Próximamente en tu Playstation?

Y es que Dark Wolf es al fin y al cabo un film bizarro adornado con cierto toque chic de pegatina.